Dijo que no se iba a Canadá porque no soportaría el frío. Y dio vuelta sobre sí, en la cama, junto al cuerpo sin vida de quien fuera su patrono. Al pie de ella, incólume, el hombre que la había acompañado por más de cuarenta años de matrimonio al servicio de una familia sola, en su derecho a envolverse en la tristeza. Volvió a darse vuelta, sacando debajo de sí algo de la cobija que el cuerpo llano del viejo presionaba, para taparse y quedarse en duermevela esa mañana de otoño de casi frío y casi lluvia.
Afuera, en el jardín estilo inglés que rodeaba la casona, sobre el amarillo del césped ya caían hojas viejas como nubes de pereza. El árbol centenario, en su figura pesada, soltaba gotas de resina y hojas a manera de infértiles semillas. Afuera en la calle, tras la reja de estilo neoclásico, alta en su belleza altiva, se veía el gris de algún ocasional transeúnte. Y arriba en el cielo, las ganas de que nada de aquello hubiera sucedido.
Apenas un día antes, junto al balcón del salón comedor, los tres últimos habitantes de la casa, heráldica en decadencia, mojaban los labios en café y cognac. El patrón hablaba con su elocuencia de siempre pero esta vez con un tono de cansancio. Recitó poemas largos de Carlos E. Ovando con el paladeo de “papeles amarillos y perfumes de palacio”. Dijo de su persona: poeta pero primero arquitecto, sudamericano, a quien conoció en viajes cruzando Río de Janeiro, Brazilia y la amazonía. Después de repetirlo, hizo que los tres juntos entonaran las líneas de un verso de Ovando como estribillo que se le antojó danzonete, entre risas divertidas:
…la tarde se ofrece al amor,
ven, dame un puñado de cariño,
y no dejes que todo acabe,
y surquemos este loco amor.
Los versos que sabían a aires del barroco le recordaron luego al cubano Maloel Seniá. De él sabía versos sencillos:
…barcos de negro timón, timonel,
hunden proa y destino en el Nilo,
do centurión arrecio, un clavel,
carbunclo, doncella y rey dan asilo.
Al poeta Seniá lo conoció en los años en que, vertiginoso mal, una variedad de peste azotaba la provincia del norte en que hacía negocios de familia. De ahí pasó a contar hechos inverosímiles que indicaban que su mente ya iba en delirio Guy Lusac. Altos grados contenidos, retenidos por un hígado cansado, reducido, perforado. Además los vómitos repentinos seguidos de dolor intenso señalaban una hernia hiatal de devastación terminal. Más gritos, más desesperanza, más dolor.
Pudo continuar desde un claro de su mente. Les dijo todavía que habría de mostrarles su comprensión a profundidad del escritor que nunca salió de su pueblo, pero que era más apreciado que muchos famosos. Joseño Pérez Orta. De él surgió la semilla de corrientes literarias como el Cadentismo, que se caracterizaba por la asociación de términos, ideas o conceptos de manera aparentemente libre, pero que más bien aparecían “en obediencia” a lo que el escritor se dejaba “dictar” por aquello inmediato, casi inconsciente, desencadenando escritos “con brío” o “desboque” natural. Ejemplo:
…entiendo l´agua,
líquida y lingual…
Donde la pronunciación contraída de “el agua”, es decir l´agua, la hace lingual en la pronunciación y líquida, fluida, desde la naturaleza del objeto referenciado; juego de eles natural, evitando el desperdicio y vulgaridad de la cacofonía, belleza circular de ritmo y cadencia vivas como en:
…circle in the round…
Pérez Orta también creó la Iconospoiética, según la cual el escritor lograba hacer tangible al lector lo que tangible le había sido dado poeticar, textuar o establecer con lenguaje escrito. Partía del hecho sensorial de que el escritor se veía obligado a “respirar” los momentos, imágenes o tiempos antes de plasmarlos con papel y tinta, pero comunicándolos por la gracia de una simplicidad y economía de palabras. La finalidad es lograr que el lector también “respire” la experiencia. Re-generar los verbos (¿poeticar, textuar, por ejemplo?) era válido si se consideraba oportuno, valioso y único.
En el punto de la ejemplificación tuvo el último y más doloroso episodio. Ya no logró articular palabra y empezó a caer de su sillón de pluma de ganso, el vaso de bebida estrellando su cristal bávaro sobre la duela del más bello, pulido, ébano, la carrera sorprendida de los dos sirvientes. Por eso fue que ella, vieja guardiana de su bienestar, amantísima de seno materno para él, su patrono, decidió darle en acto de caridad la doble píldora de cianuro. Desde la embriaguez, el hombre pudo entender que ya era lo último. Hasta ahí la vida. Un punto final ya bien ganado. La ingirió con un trago largo de tiempo y whisky. Morir con arte había sido su mejor deseo y que sus viejos amigos iniciaran otro viaje, a Canadá, para habitar la casa que allá les regalaba. Ellos decidieron que no. Aún tenían que cuidar esa, señorial, sin más dueño, sin hijos a quienes contar la ejemplar vida de su propio patrono ya muerto.
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